La Aldea, riesgosa novela de Bruno Elías Maduro

Andrés Púa, hijo de Simona Púa, protagonista de La Aldea de Bruno Elías Maduro.

Una mujer leyenda ─zamba oscura y cetrina de viril belleza─ es la matriz de todas las historias de esta novela, recién parida en la costa caribe colombiana. Es Ramona Llerena, mítica narradora que en lugar de hijos procrea mundos imaginarios entre la selva y el cielo, atrapados al vuelo por el niño ya escritor, que continuará la saga de la gran Sierra Nevada, jugándose la vida a cada paso.

Acosados por aguaceros oceánicos y fríos glaciares, por el tigre y la serpiente y la locura, pero sobre todo por la violencia política, Mercedes y Luis Mariano encarnan este amor épico, invencible, fecundo y feliz en medio de la inacabable tragedia de la vida, contra la cual ellos, y el Viejo Balía, fundaron una aldea tranquila en el sitio más temido de la montaña, junto a la ciénaga y el mar Caribe.

Un pueblecito que habría de convertirse fugazmente en una utopía de paz, refugio de perseguidos y desesperados, que un día sucumbirá también a la guerra, no sin antes quedar instalado en la memoria colectiva de un futuro deseable para la humanidad. Pues esta diminuta Aldea debajo de la montaña es también universal.

En ella caben todas las lenguas y las historias: la rencorosa y secretamente enamorada cacica Simona Púa, que les ganó la batalla a los vendavales y construyó un molino imbatible; los inventos inverosímiles de Alfonso, el niño ermitaño que huyó de la escuela para dejar volar sus sueños de crear una máquina para la felicidad; los amores malogrados de la Nena Zawady, la majestuosa belleza cuyo hijo fue engendrado por los cinco hombres que la amaban al mismo tiempo; los indígenas guerreros y antropófagos que aprendieron a leer y convivir en la escuelita rural de Mercedes; la tribu hechicera de mujeres solas que se robaron a los hombres de la aldea para quedar preñadas; la tragedia familiar del Poncho Zagarra, que pasó de líder a mentecato por arte de magia negra; los fugitivos gigantes blancos de seis dedos que mataban a los tigres con las manos; las peleas a muerte del gran perro Chocolate contra Káiser, su rabioso enemigo, y del Gato dorado contra la Cascabel venenosa; las mansiones de familias millonarias que incubaron hijos depredadores que solo los indios pudieron vencer… Y también, ¡ay!, las inevitables castas políticas, intolerantes y criminales, que terminaron apropiándose del territorio, a pesar de la empecinada resistencia del pueblo contra los políticos.

Ello y mucho más contado en rápidos relatos encadenados, de pronto interrumpidos por páginas lentas de reflexiones filosóficas que interpelan al lector para profundizar en el sentido, sin perder el hilo de las historias. Historias que se contienen unas a otras como las mamushkas rusas, creando un libro inolvidable, lleno de humor y de ternura, nacido de las entrañas mismas de la gran Sierra Nevada y, sin duda, alimentado por el Mar de las Historias en el que todos navegamos. El autor, un samario de mediana edad, académico y aventurero, autor de libros filosóficos y científicos, escapado de las garras de la violencia y del covid 19, que traduce a Aristóteles del griego antiguo y compone vallenatos con su guitarra, se ha empeñado en crear un nuevo mundo literario, lejos de las imitaciones serviles. Los lectores podrán saber si lo ha logrado.

Por Laurent Céspedes Ramírez

Escuche los tres primeros relatos de La Aldea

Lea un fragmento de La Aldea:
La Aldea Magazine

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Analista