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Lo innombrable en el arte

Por Analista
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Por Bruno Elías M.*

La caricatura es tomada de Hisour.com

En la Crítica del Juicio Kant se refiere a la chispa del genio, a esa llama que prende el fuego en medio de lo inesperado (Kant, Immanuel. Crítica del Juicio. Madrid: Espasa Calpe, 2007, p. 252). Homero, y con él los artistas, no pueden mostrar cómo se encuentran o surgen de su cabeza las ideas que, ricas en fantasía y llenas de pensamiento, salen a la luz. Eso sucede porque el poeta o el artista no sabe cómo brota lo que sabe. Según Kant, un párrafo puede estar bien elaborado, una canción puede llegar a ser perfecta, un cuadro maravilloso, la obra de arte sobresale por sí misma. Para Kant, la genialidad no ve las razones de su hacer, pero la obra sale sin necesidad de esas explicaciones. Ese esclarecimiento es admirable. Sin embargo, Kant no vio que hay algo más poderoso detrás de la obra de arte, algo que, en sus mismos términos, es innombrable. Atisbos de ese algo ya no está en Kant, sino en otro clásico de la filosofía: en la Metafísica de Aristóteles. Y lo notamos en el original griego que nos ha llegado. En lo innombrable se encuentran los términos para esta fuerza que Kant adjetivó como inaccesible para el entendimiento. La cosa en sí.  Lo innombrable puede empezar así. En griego ático es ti estin, interpretado como ese algo que está ahí pero no se puede sino enumerar con un término indefinido, de ese algo que quiere denominar algo profundo, pero eso profundo no puede salir por la lengua, por la linguisticidad. Solo se puede percatar o presentir sin nombrarse. De tal manera que ese algo que se percata o intuye ni siquiera puede llegar a convertirse en un sustantivo, pues el sustantivo denomina una cosa que es, no una cosa que se supone que es, y al no poder llegar a ser sustantivo, la mente lingüística no lo puede agarrar. El ti griego entonces es un cuantificador imposible de traducir al español o al inglés. Atrevidamente lo traducimos, pero como un simple pronombre indefinido o un adjetivo, algo que es impensable en el pensar del griego ático. En castellano no se ha hecho nada al respecto. Hemos tenido muy pocas traducciones fieles de los textos griegos al español, y eso se debe a que no tenemos una escuela de filólogos clásicos, y es por ello que prestamos al francés o al alemán los trabajos de primera mano. En otros idiomas, los filólogos clásicos traducen ti estin como un adverbio; nuestros idiomas modernos creo no han logrado comprender cómo los griegos llegaron a ese giro lingüístico para siquiera llegar a tocar lo innombrable que no posee sustantivo, a través de ese término que toca lo que no se ve en su totalidad, o que lo hace de manera tangencial. Lo innombrable no significa que no exista, sino que las terminologías lingüísticas no alcanzan a detallarlo, y por esto, lo innombrable se sale de la lógica de la oración, ya que no es un sustantivo, aunque sí sea una sustancia, y no cualquier sustancia, sino la mejor de todas. De todas formas, existe un principio en lo estético y el arte que nos impulsa a ver que ese ti estin es algo extraordinario. Existe una fuerza que nos impulsa a valorarlo, y esa propulsión está en el genio artístico de manera natural.

El artista necesita captar lo innombrable para volverlo nombrable, es decir, hacer perceptible lo imperceptible; gran parte de su habilidad extraordinaria está ahí.  Hay muchos que se atreven al arte sin arte, a hacer arte sin percatar lo innombrable, su trabajo será menor y no correrá la buena suerte de que de la obra surja lo bello; su propuesta se disolverá por falta de aquello que no podemos nombrar pero sabemos que contiene algo que lleva inherente lo extraordinario. Habrá oficio pero sin obra, será una simple intuición que no llegó a ser convertida en propuesta para la hermosura, tampoco para lo bello, mucho menos para lo artístico. Por eso, a quien posea esa fuerza para captar lo innombrable hay que salvaguardarlo. Quien tiene esa intuición intelectiva, esa misma fuerza, la que luego se convertirá en obra, hay que patrocinarlo; más aun si esa fuerza es educada o aprovechada por una comunidad estética o artística en forma de expresiones, imágenes, relatos, actuaciones, dramaturgia, ritmos, composiciones, etc. Ese impulso originario, ese ti estin, ese substante que no llega a ser sustantivo pero que contiene lo bello y que no se puede nombrar, sobre todo cuando sale a flote en lo artístico, y se vuelve obra, es necesario valorarlo, ya que es esta fuerza la única que puede llevarnos a estados paradisiacos, llenos de éxtasis, de embelesos, llenos de imprevistos por el común de los hombres. En eso innombrable, el arte no es impostura, el arte es arte.

*Bruno Elías M. es escritor, filósofo y abogado de nuestro patio. Nacido en Santa Marta, residenciado en Cartagena. Es de la generación que sobrevivió a la imponente figura de Gabriel García Márquez. Este escrito es parte de su libro sobre el Arte sin el Arte.

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