Padre Virgilio Rojas en Barrancabermeja.

El padre Virgilio Rojas, uno de los últimos jesuitas en el Magdalena Medio, está sentado debajo de un árbol que una mano plantó hace más de un siglo sobre un amplio patio parecido a una pequeña selva en la casa que la Compañía de Jesús tiene en Barrancabermeja.

El padre, sentado en una mecedora bajo el sopor intenso de la tarde mira sin afanes y casi que en estado de contemplación una parvada de pájaros multicolores que bajan todos los días a la misma hora como en un ritual para alimentarse sobre una vieja columna de hormigón que les ha improvisado como comedero. El padre Virgilio como su homónimo el poeta de la divina comedia de Dante ha guiado durante años a muchas almas al paraíso que deambulaban sobre este valle de lágrimas.

Afuera, en la calle detrás de una pared confeccionada en ladrillos se escucha un carro pasar raudo, el ruido de una moto con su motor en ralentí se estaciona por un momento, seguido del murmullo de una pareja. Hay un silencio. A lo lejos se escucha la melodía maldita primavera parodiada a voz en cuello por una mujer en uno de los bares cercanos. El padre no se inmuta y sigue contemplando con esa mirada que está por encima del bien y del mal y del deber cumplido a la bandada de aves que remonta vuelo y se pierde en el infinito por encima de varias chimeneas de la refinería de la estatal petrolera que arden perpetuamente.

El padre Virgilio y sus compañeros José Raúl Arbeláez, Jorge Iván Moreno, el hermano Diego Molina, jesuitas, les ha tocado clausurar la misión que la compañía de Jesús ha tenido en la región por casi una centuria. Los jesuitas llegaron por el rio grande de la magdalena en el primer cuarto del siglo XX, más exactamente un nueve de septiembre de 1928 en la fiesta más emblemática de uno de sus santos: “Petrus Claver aethiopum Semper servus”. Ese año se crea la llamada misión del río Magdalena hasta la fecha cuando monseñor Ovidio Giraldo obispo esta Diócesis de Barrancabermeja recibe el trabajo que la compañía de Jesús ha construido por casi un siglo.

Los jesuitas han tenido presencia activa en toda la región con su centro de atención pastoral en la ciudad de Barrancabermeja y el municipio de San Pablo en el Sur de Bolívar. Entre sus obras emblemáticas amen de la espiritual y pastoral está la creación del programa de desarrollo y paz del magdalena medio, la ciudadela educativa, el infatigable trabajo con los pobladores de San Pablo, los colegios fe y alegría, la escuela de música compaz, el SJR…. Una de las obras más recordadas de la compañía de Jesús en el territorio fue estar al lado de la gente cuando fueron a vivir a la comuna siete de la ciudad en pleno recrudecimiento de la guerra que se desató a finales de los años noventa y principios del dos mil.

En esa época aciaga, los jesuitas de entonces les tocó frentear a grupos armados que llegaban con su política de exterminio cometiendo barbaridades en contra de la población civil. Entre ellas la masacre del 16 de mayo del año 1998, cuando un comando paramilitar hizo incursión en uno de los barrios de la comuna asesinando a siete personas y desapareciendo a otras veinticinco. Esa comunidad conformada por siete barrios siente por ellos casi que veneración porque estuvieron acompañándolos en los momentos más difíciles de la guerra.

En días pasados fui a visitarlo o fui su huésped por varias horas en su lugar de residencia que tienen en la ciudad. Es una casa solariega, con palmeras y árboles centenarios que invitan en todo momento a la reconciliación con la naturaleza. Un oasis en medio de la ciudad. Dicha casa fue construida en su gran mayoría por la Tropical Oíl Company, empresa gringa que inició la explotación petrolera en Barrancabermeja en el año 1917. José Raúl muy amable me hizo seguir a un segundo piso donde tienen una biblioteca muy bien conservada con muchos ejemplares que estaban buscando a quien donar. Seguido de esa amplia biblioteca hay una modesta salita que sirve de oratorio y de encuentro. En el centro hay una mesa redonda rodeada por cuatro sillas parecida a la del rey Arturo y sus caballeros, alrededor de esa mesa se reúnen los padres jesuitas a orar, hacer “realitatis analysis” (lectura de la realidad) disertar asuntos de interés que atañen a la compañía y a la comunidad. Al fondo colgada sobre una desnuda pared permanece la pintura de su fundador, otrora caballero Ignacio de Loyola, en cuanto a sus coloquios con San Francisco Javier tomaron para si la frase de Jesús de Nazareth: “De que le sirve a un hombre ganar el mundo entero, si arruina su alma”. Frase parafraseada posteriormente por el poeta Oscar Wilde.

Entre los ejemplares que había en la biblioteca descubrí con asombro varios tomos de tapa dura de color rojizo, un tesoro inigualable: “los maestros de la literatura universal”. En esos libros sabía que estaban los escritores franceses, rusos, españoles y alemanes, los más grandes que ha parido esta tierra. José Raúl notó mi interés casi que impúdico por esos libros y me dijo con dejo de generosidad y sin ninguna clase de remordimientos: “si quiere se los puede llevar”. Sentí una especie de estremecimiento, porque la vida siempre nos da revancha.

Por uno de esos libros, específicamente el de los españoles alguna vez estuve a punto de cometer un delito menor. Después de muchos años había regresado a la biblioteca del seminario de San Gil con el interés de robarlo. Se me había convertido en una obsesión terminar de leer “últimas tardes con Teresa” del barcelonés Juan Marsé. El cual junto a Borges le fue esquivo el nobel otorgado por la academia sueca de las lenguas. En esa época fue imposible concluir la novela de Marsé, dado que el seminario entraba en receso por vacaciones de fin de año.

Muchos años después, regresé a ese claustro con la firme intención de llevar conmigo ese libro, me planté frente a la bibliotecaria con la firme resolución de alguien que va a cometer un crimen. Ya no había marcha atrás. Pregunté por el ejemplar. Me atendió una mujer anciana, de ojos diáfanos y cansados que se veían por encima de unos lentes bifocales; ya no estaba Carmencita la legendaria bibliotecaria de ojos verdosos que nos atendía solícitamente. Quien se ganaba su favor, el cual éramos muy pocos, lo hacía pasar para que le ayudaran a limpiar, acomodar sobre las estanterías libros de más de un siglo.

Recuerdo que entre esos ejemplares estaban las confesiones de Agustín de Tagaste. La profundidad de cada frase del hijo de santa Mónica eran suficientes para meditar una semana entera. La anciana mujer me hizo seguir por un estrecho pasillo que tenía a ambos lados estantes atestados de ejemplares con un olor embriagante a libros antiguos. Se percató que necesitaba privacidad y se apartó sigilosa a organizar varios ficheros en su lugar de trabajo. Con el corazón en la garganta, tocaba el lomo de los ejemplares con ese raro presentimiento que no lo iba a encontrar. Lo divisé en la última parte de los anaqueles, había permanecido ahí por años. Regocijado lo tomé en mis manos, lo abrí, se notaba que nadie lo había abierto en años por la marca que le había dejado la cinta separadora sobre una de sus páginas. Acomodado sobre la fría baldosa, fui directamente al idilio del Pijoaparte con Teresa, estuve leyendo por varias horas hasta terminar el trepidante final de esa historia. Cuando me froté los ojos, la anciana mujer cerraba las persianas para clausurar un día más de trabajo en esa enorme y majestuosa biblioteca donde se podía encontrar la historia del patriarca Abraham hasta el último filosofo posmoderno. Me levanté con la firme intención de no cometer el delito, había terminado de cumplir uno de mis sueños. Sueño que el cura José Raúl había completado.

El padre Virgilio se levanta de donde está sentado, camina por un amplio pasillo, tal vez se marchará a una de esas casas de descanso donde están sus hermanos mayores a meditar, reflexionar sobre el futuro de la compañía de Jesús. El papa Francisco, jesuita, les ha insistido a sus hermanos en el último encuentro que sostuvo con ellos en Japón con motivo del décimo año de su pontificado en no perder la memoria.

“Cuando uno pierde la memoria de dónde lo sacaron pierde la capacidad de fidelidad. Y se transforma en juez de los demás”

Eso dijo Francisco. Virgilio es consciente de la pérdida de memoria histórica en este país, como alguna vez se lo escuché. Los jesuitas levantarán vuelo de la región del Magdalena Medio hacia otras periferias del país como la parvada de pájaros multicolores que llegan todas las tardes, con la firme esperanza que la obra realizada en esta región jamás será olvidada. O mejor parafraseando al poeta Machado:

“Caminante son tus huellas y el camino nada más; caminante no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. Caminante no hay camino, sino estelas en la mar”.


*Sacerdote. Premio nacional de cuento y poesía ciudad Floridablanca. Premio de periodismo pluma de oro APB 2018- 2019- 2022.

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