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Los cacos se horrorizan con el incremento del 23% del salario mínimo que disfrutarán cerca de dos millones de trabajadores desde hoy 1 de enero 2026. Un reajuste provocador, puesto que es cuatro veces por encima de la inflación esperada.

Pero este hecho en sí, no significa un problema como lo señalan los agoreros del desastre y la tragedia. El verdadero problema se debe a que el 1 % —guiado por el Ego de los cacos de la economía— se ha apropiado del pan del 99 %. Esto no es retórica. Es real.

Lo fundamental

Que sea una medida con cálculo electoral no es el punto esencial del debate político. Lo fundamental es reajustar el ingreso real de los trabajadores negado históricamente por el bogocentrismo, el sistema de pensamiento hegemónico que se apropió del Estado colombiano.

En Colombia —bajo un capitalismo sanguijuela—no existe una crisis de productividad. Hay una crisis ética impuesta por la dictadura del Ego de los cacos que sostienen la cacocracia dominante enquistada en el poder estatal. Y cuando el pan falta en la mesa del trabajador, la economía real se paraliza, la empresa se debilita y la paz se vuelve un discurso vacío.

Mientras sectores de poder claman que el aumento salarial «quebrará empresas», guardan silencio frente a un dato incómodo: las grandes corporaciones del 1% que concentran el capital en Colombia —Ecopetrol, Bancolombia, Grupo Aval, Grupo Sura, Reficar— pagan salarios de hasta 100 millones de pesos mensuales a sus altos ejecutivos. Es decir, 50 salarios mínimos. Esa obscenidad salarial no genera escándalo. Pero dignificar el ingreso de cerca de dos millones de trabajadores sí.

La dictadura del Ego de los cacos

La pregunta es obligatoria: ¿por qué el salario es un problema solo cuando beneficia a la base trabajadora y no cuando engorda las cúpulas corporativas?

La respuesta no es técnica. Es ética. Y es política. Colombia no está gobernada por dechados de virtudes, sean de derecha o de izquierda. Estamos en una economía productiva bajo la dictadura del Ego de los cacos. Esta dictadura hace de la rentabilidad su dios y la dignidad humana fue reducida a variable de ajuste. El ropaje ideológico y político solo determina si lo hace el empresario individual o una dictadura burocrática de facto que degenera el Estado Social de Derecho. Esta tesis está expuesta en mi libro La dictadura del Ego y la Revolución del Ser que publicaremos el próximo mes.

El resultado está a la vista. Según el DANE, el 25,5%, o sea, 14,5 millones de hogares del 99 % viven en un ciclo perverso: si desayunan, no almuerzan; si almuerzan, no cenan. En esas condiciones no hay productividad posible. Un trabajador con hambre no rinde. Un consumidor empobrecido no mueve la economía. Una empresa que depende de salarios miserables para sobrevivir no se llama competitividad. Es fragilidad.

Lo que se presenta como «crisis salarial» es, en realidad, la consecuencia de décadas de un modelo que normalizó pagar poco, flexibilizar derechos y concentrar ganancias. Desde Uribe hasta Petro, con matices distintos, el país acumuló los mismos resultados estructurales: trabajadores agotados, pequeñas y medianas empresas asfixiadas, consumidores endeudados y un crecimiento económico que no se traduce en bienestar.

Mientras tanto, el 1 % acapara más de la mitad de las ganancias. No produciendo más, sino especulando con precios, precarizando empleo y capturando rentas. Eso no es economía. Para el ciudadano de a pie es una diaria agonía.

Justicia económica

Frente a este panorama, el aumento del salario mínimo no es un capricho ideológico ni una concesión populista, como le han criticado a Petro los que se han enriquecido con la pobreza del pueblo. Es un acto de justicia económica y una medida de supervivencia nacional. Pero sería un error creer que basta con subir el salario y cruzarse de brazos. Sin intervención estructural, el Ego de los cacos hará lo que siempre hace: trasladar costos, inflar precios y preservar privilegios.

Por eso el debate serio no es si subir o no el salario, sino cómo romper la dictadura del Ego que convierte cualquier avance social en oportunidad de saqueo de los cacos que están en el poder. La respuesta pasa por políticas claras que pienso aplicar en mi cuatrienio, si el 99% lo quiere: (i) mantener esa alza salarial, (ii) reducción temporal de cargas no salariales para MiPyME, (iii) crédito productivo blando que premie la producción y no la especulación, (iv) compras públicas que fortalezcan la economía real, y (vii) un Estado con dientes para frenar a los carteles de precios.

No se trata de ir contra la empresa. Se trata de rescatarla de un modelo que la obliga a sobrevivir explotando. Las MiPyME, que generan el 86 % del empleo y el 40 % del PIB, no necesitan discursos morales; necesitan un entorno donde pagar salarios dignos no sea una sentencia de muerte.

Como empresario, tengo un principio básico: Una empresa sin propósito humano termina devorándose a sí misma. Una economía guiada por el Ego produce violencia, desigualdad y resentimiento. Solo una economía guiada por el Ser —donde el salario, la productividad y la dignidad caminan juntos— puede garantizar Paz con Pan.

Porque sin pan para el 99 %, no habrá productividad. Sin productividad, no habrá crecimiento real.
Y sin justicia económica, Colombia seguirá atrapada en la mentira del progreso sin vida.

Nuestra propuesta de La Gran Colombia que busca hacer realidad la consigna Paz con Paz mediante una Revolución del Ser, lo dice sin rodeos: el salario mínimo no es el enemigo. El enemigo es el Ego de los cacos políticos y económicos de toda pelambre que se roba el pan de la mesa del pueblo y luego culpa al hambre de la crisis que él mismo provocó. Y ahora culpan a Petro porque incrementó el salario muy por encima de la inflación. No es una medida populista, es justicia económica.

Colombia necesita una reingenieria. Jamás el cambio puede llegar de los mismos que causaron el desastre.

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