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La culpabilidad y la impunidad

Por Gloria Gaitán
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«La culpabilidad y  la impunidad». Es el último artículo de una de las más valiosas sobrevivientes de la generación del período que antecedió al asesinato de Jorge Eliécer Gaitán (1948). Se trata de Gloria Gaitán, su hija. Ella apela a su memoria y a sus recuerdos para decirnos que las FARC tuvo suficientes razones para asesinar a Álvaro Gómez Hurtado, el hijo del «monstruo» Laureano Gómez. (Nota del editor).

Las tres concepciones de la Asamblea Constituyente (1991): Álvaro Gómez (conservador), Horacio Serpa (liberal) y Antonio Navarro (M-19). Gloria Gaitán con su artículo «la culpabilidad y la impunidad» pellizca la memoria. Cortesía Estado.

Recientemente, cada que se presentaba un ataque, una masacre, un hecho violento, sin que mediara investigación alguna, salía de inmediato un militar de turno a señalar a la guerrilla como culpable del hecho. Mientras la Gran Prensa le hacía eco a esta versión.

Ante la responsabilidad que antes se les otorgaba a las FARC y después a sus disidencias o al ELN, vemos que hoy, cuando jefes del partido FARC salen a confesar que fueron las FARC-EP las que le dieron muerte a Álvaro Gómez, en coro, al unísono y de manera acrónica, los mismos periodistas que siempre las señalaban de ser las culpables, nos dicen que no lo son. A pesar de haberlo confesado.

La memoria dice que fueron las Farc

Solo puedo apelar a mi memoria, del ya largo pasado de mi vida, para pensar que sí fueron las FARC. Lo digo respetando profundamente el criterio de Mauricio Gómez, su hijo, y demás miembros de su familia, que creo imposible que maquinen versiones políticas de la hora presente valiéndose de la muerte de quien, para ellos, significa su único vínculo hondamente dramático con este mar de dolor que llevamos a cuestas los colombianos.

Creo que son sinceros cuando acusan a Ernesto Samper Pizano, personaje que dista mucho de mi simpatía, pues bajo su gobierno sufrí su enconado odio a la figura de mi padre. Y no puedo menos que asociar tal animadversión, además, con el grito de su prima hermana Clara Samper Koppel quien de niña, el 8 de abril de 1948 en el colegio, me lanzó un «ojalá asesinen a su papá», grito que desafortunadamente aún sigue vivo en mi memoria.

Pero de ahí, a pensar que Ernesto Samper es un asesino, no me parece factible. Lo que sí es a todas luces posible, es que haya sido una decisión de Manuel Marulanda, ya que él nació, como yo, en la década de los años 30. Somos una generación a la que le tocó estrenarse en el conflicto que perdura hasta hoy.

En aquel entonces cada muerte, cada persecución, dejaba una huella indeleble en nuestro recuerdo. Fue un momento de la historia colombiana cuando aún era un hecho conmocionante el asesinato de un colombiano. Para Manuel Marulanda el bombardeo a Marquetalia debió dejar, necesariamente, una herida que quiso paliar con la revancha.

«Las repúblicas independientes»

Nadie de mi generación puede olvidar que, desde el periódico El Siglo, Álvaro Gómez Hurtado inició una insistente y ruidosa campaña sobre lo que él bautizó como las «repúblicas independientes». Horacio Duque, que debe ser algunos años menor que yo, escribió en 1917:

«… clamando por su destrucción, generales anticomunistas resucitan la idea de las Repúblicas independientes con la que Álvaro Gómez promovió, en los años 60 del siglo pasado, una invasión militar a Marquetalia, en Planadas, para aplastar a los comunistas y a las organizaciones agrarias que debieron transformarse en autodefensa y en entidad guerrillera, que en adelante se llamaría Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia/Farc».

Un bombardeo para acabar con las llamadas por Álvaro Gómez Hurtado «Repúblicas Independientes” le dio origen a las FARC. ¿No es lógico, entonces, que Manuel Marulanda quisiera vengarse de quien, mediante la instigación contra las organizaciones de autodefensa campesinas le diera origen al bombardeo a Marquetalia, obligándolos a conformar una guerrilla que creció hasta los niveles que llegó a tener bajo su mando?

La culpabilidad y la impunidad

Con dimensiones totalmente diferentes, en 1974 los candidatos a la presidencia eran Álvaro Gómez vs. Alfonso López Michelsen.  Yo gané la curul de representante a la Cámara por Risaralda con la siguiente consigna:

«Yo no soy lopista, pero les pido que voten por López, porque prefiero con López en la olla que con Álvaro Gómez en la tumba».

En ese entonces la opinión pública recordaba las acciones dirigidas por el hijo de Laureano Gómez.  Yo, por ejemplo, no había olvidado que en 1952 me vi obligada a salir con mi madre del país para refugiarnos en Suiza, porque Álvaro Gómez, de 33 años de edad en aquel entonces, con sus llamadas «camisas negras», había lanzado la consigna de «a acción intrépida», amenazando con quemar las casas de algunas figuras significativas del partido liberal, entre quienes se encontraban la nuestra, la de Carlos Lleras Restrepo y Alfonso López Pumarejo, que finalmente fueron quemadas.

Nuestra casa se salvó, porque poco antes del día del terror del 6 de septiembre de 1952, nos fuimos del país. Son recuerdos que se me vienen a la cabeza con la última confesión de las FARC.

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