
¿Trump irá por Petro o por el control geopolítico del Caribe y América del Sur? Ahora el gobierno norteamericano, envalentonado con la captura de Nicolás Maduro, no tendrá frenos para atrapar a aquellos disidentes de su sistema de poder que intenten retarlo. Su táctica empieza con una narrativa de lucha contra el narcotráfico como pretexto. Sus intereses oscuros ocultan su verdadera motivación. Pero Trump mostró sus verdaderos intereses: Desea las grandes reservas de petróleo y de otros recursos naturales de la Pequeña Venecia, como la llamó Américo Vespucio.
Por tanto, el mar Caribe vuelve a convertirse en escenario de una batalla silenciosa, pero decisiva. Tras la captura de Nicolás Maduro anunciada por el jefe de Estado norteamericano el pasado 3 de enero de 2026, la pregunta dejó de ser retórica y comenzó a adquirir densidad geopolítica: ¿Trump irá por Petro? No se trata de paranoia ni de propaganda. Se trata de leer los hechos, los discursos y los precedentes con rigor histórico. Se trata de analizar entre líneas lo dicho en la ruedad de prensa.
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¿Rumores?
Mientras circulan fuertes rumores diplomáticos sobre una eventual orden de captura contra el presidente colombiano —bajo el pretexto de operaciones antidrogas—, la Armada de Estados Unidos reporta ataques a supuestas embarcaciones del narcotráfico en cercanías de los puertos de Colombia y Venezuela.
Paralelamente, el portaaviones USS Gerald R. Ford, emblema del poder naval estadounidense, se posiciona estratégicamente frente al litoral caribeño suramericano. Nada de esto ocurre por azar.
¿Trump irá por Petro o una guerra híbrida?
Lo que se presenta como operaciones rutinarias de “seguridad hemisférica” revela, en realidad, el inicio de un nuevo ciclo de guerra híbrida en América Latina. No es una guerra declarada, pero sí una ofensiva sostenida que exige una respuesta diplomática firme y, sobre todo, cohesión nacional en torno a un principio elemental: la autodeterminación de los pueblos. Aquí no se defiende a Petro como individuo; se defiende la soberanía de Colombia como Estado.
A diferencia de las guerras convencionales, esta no se libra con tanques ni bombardeos masivos. Trump la ejecuta con operaciones psicológicas, sanciones financieras, presión judicial extraterritorial, manipulación digital y demostraciones militares disuasivas. Es la doctrina aplicada a Venezuela… ahora observada con lupa en Colombia.
El precedente Maduro
La captura de Nicolás Maduro marcó un punto de no retorno. Trump no solo admitió la operación: la celebró. Afirmó que su gobierno había “superado” los límites de la Doctrina Monroe y que Estados Unidos estaba reafirmando su poder “de manera muy poderosa” en su región de origen. La intervención fue justificada bajo dos ejes narrativos: narcotráfico y amenaza a la seguridad nacional estadounidense.
Ese libreto no es nuevo. Manuel Noriega fue capturado bajo cargos de narcotráfico. Lo mismo ocurrió con líderes insurgentes y jefes de Estado incómodos para Washington. El patrón se repite: primero la estigmatización, luego la judicialización, después la acción directa. Con Maduro, el proceso culminó. Con Petro, parece estar en fase de construcción.
El narcotráfico como arma política
Desde hace meses, sectores del trumpismo han insinuado —sin presentar pruebas judiciales concluyentes— que el gobierno de Gustavo Petro es “permisivo” con el narcotráfico. El argumento se apoya en datos parciales: aumento de cultivos de coca, cambios en la política antidrogas y el giro hacia un enfoque de regulación y sustitución voluntaria. Ninguno de estos elementos constituye delito internacional. Pero en la lógica imperial, la discrepancia política se traduce en sospecha criminal.
Trump ya utilizó esta fórmula con Venezuela. Señaló al Estado como “narco-Estado”, luego justificó acciones militares. Hoy, el discurso se desliza hacia Colombia, país que históricamente ha sido aliado estratégico de Washington. Eso hace el escenario aún más delicado: cuando el imperio señala a un aliado, no lo hace sin cálculo previo.
Petro incómodo
El verdadero problema de Petro no es la coca. Es la política. Su defensa del pueblo palestino, su llamado al multilateralismo real, su crítica a la guerra como instrumento de dominación y su discurso en Nueva York —donde cuestionó la obediencia ciega a órdenes injustas— irritaron profundamente al ala dura del trumpismo. Para ese sector, Petro cruzó una línea simbólica: habló desde el Sur con voz propia.
En los corredores diplomáticos de Washington y Nueva York circula un rumor persistente: Trump estaría considerando a Petro como un “riesgo político” similar al que representaba Maduro. El rumor se volvió más inquietante tras un episodio altamente simbólico: el senador Bernie Moreno, cercano a Trump, exhibió un documento titulado “La Doctrina Trump” con imágenes de Petro y Maduro vestidos de naranja, como prisioneros federales estadounidenses. En política internacional, los símbolos no son inocentes. Lo cierto es que uno de los dos ahora está en una cárcel de Nueva York esperando los cargos de un juez del proceso que le abrieron.
¿Petro “preso o muerto”?
Nadie lo ha dicho oficialmente. Pero nadie lo desmiente con contundencia. Diplomáticos latinoamericanos acreditados ante la ONU lo mencionan en voz baja. La historia regional enseña que los rumores provenientes de Washington suelen preceder tragedias políticas. No siempre se ejecutan, pero siempre buscan disciplinar y controlar posteriores reacciones de masas.
Aquí surge un riesgo real: la estigmatización sistemática puede habilitar a actores radicalizados —estatales o paraestatales— a interpretar el discurso como licencia para la eliminación política. No sería la primera vez que una narrativa de “amenaza” deriva en violencia del invasor.
El Gerald Ford y el mensaje
Un portaaviones no se desplaza sin propósito estratégico. Su presencia frente al Caribe no es logística: es comunicación política armada. Es un mensaje dirigido a Caracas y a Bogotá justo cuando ambos gobiernos fortalecen canales diplomáticos. Los supuestos ataques a lanchas “narco” cumplen una función de legitimación ante la opinión pública estadounidense, pero también de intimidación regional.
Esto no solo es preparación para una invasión inmediata. Es algo más sofisticado: asfixia gradual.
La arquitectura de la guerra híbrida
Los elementos ya están sobre la mesa:
- Judicialización extraterritorial: filtraciones sobre investigaciones en cortes estadounidenses.
- Amenaza financiera: rumores sobre inclusión en listas de sanciones tipo Lista Clinton.
- Operaciones mediáticas: imágenes generadas por IA mostrando a Petro como prisionero.
- Presión diplomática: aislamiento narrativo del gobierno colombiano.
- Disuasión militar: el Gerald Ford como advertencia flotante.
El objetivo no es simplemente capturar mañana. Es doblegar, condicionar, disciplinar.
El llamado de la historia

Frente a ese acoso en días anteriores, Petro respondió desde la diplomacia. Llamó a consultas a su embajador en Washington y elevó su discurso en defensa del Sur global. Su postura no es caprichosa: se ancla en un principio fundante del derecho internacional. Ningún Estado puede usar la fuerza —directa o indirecta— para alterar el sistema político de otro.
La pregunta final no es si Trump irá por Petro. La pregunta es si América Latina permitirá que el precedente Maduro se normalice.
Porque si se normaliza, el colonialismo no habrá muerto.
Solo habrá cambiado de método. Y el Caribe, otra vez, será el espejo donde el mundo observe si esta región seguirá pidiendo permiso…
o si finalmente decidirá existir por derecho propio.
Próxima entrega: Venezuela y Colombia en la mira del imperio