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Jürguen Habermas nació en 1929, en una Alemania que pronto sería devorada por el nazismo.  El 14 de marzo fue su muerte
Jürguen Habermas nació en 1929, en una Alemania que pronto sería devorada por el nazismo. El 14 de marzo fue su muerte. Foto cortesía Holberg Prize.

La muerte de Jürgen Habermas es el silencio de una de las últimas grandes conciencias morales del siglo XX. Es una invitación urgente a preguntarnos qué tipo de sociedad y de país queremos construir. ¿Cómo edificar una democracia deliberativa en medio de desigualdades profundas que la hacen un imposible? Este fue el desafío que nos propusimos en la consulta presidencial del 2026. Dicha propuesta la vieron más de 50 mil personas. Y esto es muy importante.

Una herida que se volvió pensamiento

Habermas nació en 1929, en una Alemania que pronto sería devorada por el nazismo. Siendo apenas un adolescente, fue incorporado a las Juventudes Hitlerianas. Esa experiencia le dejó una herida moral que nunca cerró, y que se convirtió en el motor de toda su obra filosófica, de acuerdo a los entendidos. Vio con sus propios ojos cómo una de las naciones más cultas del mundo, cuna de Kant, de Beethoven y de la filosofía clásica, fue capaz de producir también a Hitler. Vio cómo grandes intelectuales, como Martin Heidegger, militaron y justificaron el terror nazi.

Esa contradicción lo marcó para siempre y lo llevó a una pregunta esencial: ¿cómo es posible que la civilización y la barbarie habiten en el mismo lugar?

El Ego que destruye

La respuesta está en lo que llamamos la Dictadura del Ego: esa fuerza interior que lleva a los seres humanos y a las sociedades a imponerse sobre el otro, a conquistar, a excluir, a exterminar. El Ego no tiene ideología fija. Puede vestirse de izquierda o de derecha, de progreso o de tradición. Lo que lo define es su necesidad de desear más, dominar y conquistar.

Europa lo demostró con cruda claridad. La misma cosmovisión que proclamó la libertad, la razón y los derechos humanos fue la que sometió a pueblos enteros en África, Asia y América Latina. La Ilustración produjo grandes transformaciones, sí, pero también construyó el colonialismo y financió dos guerras mundiales que dejaron decenas de millones de muertos. El Ego ilustrado es tan peligroso como el Ego ignorante, porque tiene más herramientas para justificarse.

La palabra como camino

La respuesta de Habermas fue la Acción Comunicativa: la convicción de que los seres humanos podemos superar el Ego cuando nos sentamos a dialogar en igualdad de condiciones. Solo cuando escuchamos al otro sin querer aplastarlo, cuando construimos acuerdos basados en argumentos y no en poder, se puede construir una democracia plena.

Habermas creyó en la razón. Creyó en la palabra. Creyó que la política debía ser, ante todo, una conversación entre ciudadanos iguales. A eso llamó democracia deliberativa: no la democracia del más fuerte, sino la del más convincente; no la del que grita más duro, sino la del que escucha mejor.

Colombia frente al espejo

El 8 de marzo, en la consulta presidencial, más de 50 mil colombianas y colombianos votaron por una propuesta construida sobre estas ideas. Una visión de país fundada en la Revolución del Ser: dejar atrás la Dictadura del Ego que ha gobernado nuestra historia y construir una sociedad donde el diálogo reemplace a la violencia, y la dignidad reemplace al desprecio.

Colombia conoce bien el precio del Ego: décadas de guerra, corrupción, exclusión y olvido de las mayorías populares. Pero también conoce la fuerza de su gente, su capacidad de resistir y de soñar.

La muerte de Habermas apagó su voz. Pero su espejo permanece abierto. Nos toca a nosotros mirarnos en él y decidir: ¿seguimos gobernados por el Ego, o empezamos la revolución del Ser?

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